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En el mar de los géneros –y no me refiero a telas–, el oleaje no siempre ha sido parejo. La lucha por los derechos de la mujer ha llevado, no solo a un choque de olas, sino a maremotos de descontrol en los que grupos feministas practican surf sobre las crestas más altas, sin tener en cuenta que, en el intento por remontarlas, pueden salpicar hacia todos lados, anegando incluso el mismo feminismo que defienden.

Es lamentable que las corrientes feministas, en su afán por ser antimachistas se conviertan en lo mismo que dicen condenar. La línea que separa el machismo del feminismo es tan estrecha que, al final, resulta imperceptible.

Y como cuando las mujeres levantamos la voz, sí que nos escuchan, algunas se subieron a la ola de solicitar a gritos el muy de moda “lenguaje inclusivo no sexista”. ¿Por qué? Porque necesitan sentirse incluidas en el mundo del habla. Es decir, necesitan saberse incluidas, pero ellas mismas marcan la exclusión.

Particularmente, me considero mujer, un ser humano mujer. Conozco varones que saben que son personas y no se deprimen porque el vocablo persona sea femenino. También conozco hombres que aceptan estos reclamos del sexo opuesto y entran en el juego de incluir a las mujeres como ellas quieren. Escuchar sus discursos es aburrido y leer sus escritos lo es aún más. Por obra y gracia de la estupidez femenina, las mujeres no pueden ver que solamente se las ha incluido en palabras, mas no en acciones.

Me pregunto si las discriminaciones de las que las mujeres somos objeto se acaban utilizando el lenguaje no sexista. ¿Por qué no dejamos tranquila a nuestra tan amancillada Lengua y nos preocupamos por las reales discriminaciones? Tal vez porque así somos: grandes libradoras de vanas batallas de las que solo nos llevamos el trofeo de vestir pantalones y hablar con zafiedades que sonrojan hasta al más grosero de los varones. Nos quejamos de que no hay caballeros que nos cedan el asiento o nos abran puertas. Es que nos desfiguramos tanto en el intento por ser iguales, que quizás no nos distinguen cuando estamos frente a ellos. 

Una cosa es la igualdad de derechos y otra muy distinta la unificación de los sexos. La lucha por los derechos de las personas no debe distinguir entre hombres y mujeres. Pero, en otros aspectos, la necesaria diferencia entre ambos es lo que hace interesante la convivencia en el mundo. Que la vida de la mujer no sea una carrera por superar al hombre, sino por ser cada vez más mujer. Que la vida de la mujer no sea un grito desesperado por mostrarse incluida en asuntos de los que en realidad nadie la excluye –como el lenguaje– y que acompañe el ejemplo de otros –mujeres y hombres– que levantan la voz por la inclusión en cuestiones fundamentales de la vida humana.

 


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    ImagenZulema Aimar Caballero

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